
Antes de que se disputara un solo libre en Monza, Lewis Hamilton ya se había llevado el titular del jueves. El siete veces campeón del mundo llegó al día de medios del Gran Premio de Italia al volante de su propio Ferrari F40, recién restaurado, con una matrícula personalizada "44" en el frontal y un look que no pasó desapercibido: traje negro completo, abrigo color canela y gorra estilo plano.
La entrada no fue casualidad ni un simple golpe de efecto publicitario. El coche llevaba más de 30 años parado y cubierto de polvo en un garaje antes de que Hamilton lo localizara y lo enviara a los mecánicos de Ferrari en Maranello para devolverlo a la vida. Ferrari solo fabricó 1.311 unidades del F40 entre 1987 y 1992, y hoy pueden alcanzar precios en torno a los 3 millones de dólares en el mercado de coleccionistas.
Hamilton había vendido toda su colección de coches en 2025, por lo que este F40 representa una excepción deliberada: un proyecto personal que quiso tener listo a tiempo para uno de los fines de semana más importantes de su temporada en Ferrari, en la carrera de casa del equipo y ante los tifosi.
Más allá de la foto, el momento conecta dos etapas de su historia con la Scuderia: el día que llegó como novedad a Maranello, y esta segunda temporada en la que Ferrari, por fin, empieza a tener un coche capaz de pelear por victorias.